LA GENEALOGÍA DE LA MORAL
UNA POLEMIA
POR
FRIEDRICH NIETZSCHE
TRADUCIDO POR
HORACE B. SAMUEL, M.A.
GENTES Y PAÍSES (FRAGMENTO)
T. N. FOULIS
13 & 15 FREDERICK STREET
EDIMBURGO: Y LONDRES
1913
NOTA DEL EDITOR.
En 1887, con la vista de amplificar y completar ciertas nuevas doctrinas que había esbozado en _Más allá del Bien y del Mal_ (véase especialmente el aforismo 260), Nietzsche publicó _La genealogía de la moral_. Esta obra es quizás la menos aforística, en forma, de todas las producciones de Nietzsche. En cuanto a el poder analítico, más especialmente en aquellas partes donde Nietzsche examina el ideal ascético, _La genealogía de la moral_ no tiene paralelo en ninguna otra de sus obras; y, a la luz que arroja sobre la actitud del clérigo hacia el hombre del resentimiento y la desgracia, es una de las contribuciones más valiosas a la psicología sacerdotal.
CONTENIDO.
PRIMER ENSAYO. "EL BIEN Y EL MAL"
SEGUNDO ENSAYO. "LA CULPA", "LA CONCIENCIA INCORRECTA" Y SIMILARES
TERCER ENSAYO. ¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DE LOS IDEALES ASCÉTICOS?
GENTES Y PAÍSES. Traducido por J. M. Kennedy
PREFACIO.
1.
Somos desconocidos, conocedores, de nosotros mismos: esto tiene su propia buena razón. Nunca nos hemos buscado a nosotros mismos; ¿cómo debe suceder entonces que nos encontremos a nosotros mismos? Correctamente se ha dicho: "Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón". Nuestro tesoro está allí, donde se encuentran las colmenas de nuestro conocimiento. Es a esas colmenas a las que siempre nos esforzamos; como criaturas nacidas para el vuelo y como recolectoras de la miel del espíritu, nos preocupamos realmente en nuestros corazones solo por una cosa: ¡traer algo "a casa a la colmena"!
En cuanto al resto de la vida con sus llamadas "experiencias", ¿cuál de nosotros tiene siquiera un interés serio suficiente? ¿o suficiente tiempo? En nuestros tratos con estos puntos de la vida, temo, nunca estamos propiamente al punto; para ser precisos, nuestro corazón no está allí, y ciertamente tampoco nuestro oído. Más bien, como aquel que, deleitándose en una distracción divina, o sumergido en los mares de su propia alma, cuyo oído acaba de hacer sonar con toda su fuerza sus doce golpes del mediodía, se despierta de repente y se pregunta: "¿Qué acaba de sonar, de hecho?". Así hacemos a veces, después, frotar, como si fueran, nuestros oídos desconcertados, y preguntar con completo asombro y completo embarazo: "¿A través de qué hemos vivido, de hecho?". además, "¿Quiénes somos, de hecho?", y contamos, _después de que hayan golpeado_, como he explicado, los doce latidos palpitantes del reloj de nuestra experiencia, de nuestra vida, de nuestro ser; ¡ah!, y contamos mal en el intento. Por necesidad permanecemos extraños para nosotros mismos, no nos entendemos, en nosotros estamos obligados a estar equivocados, pues de nosotros tiene buena para toda la eternidad el lema: "Cada uno está más lejos de sí mismo"—en lo que nos concierne no somos "conocedores".
2.
Mis pensamientos acerca de la _genealogía_ de nuestros prejuicios morales—pues constituyen la cuestión en esta polémica—tienen su primera, cruda y provisional expresión en esa colección de aforismos titulada _Humano, todo demasiado humano, un libro para mentes libres_, cuya escritura comenzó en Sorrento, durante un invierno que me permitió contemplar el vasto y peligroso territorio por el que mi mente había vagado hasta entonces. Esto ocurrió en el invierno de 1876-77; los pensamientos mismos son más antiguos. Ya estaban en su sustancia los mismos pensamientos que tomo de nuevo en los siguientes tratados: esperamos que hayan derivado beneficio del largo intervalo, que hayan madurado, aclarado, fortalecido, completado. Sin embargo, el hecho de que todavía me aferro a ellos ahora, que mientras tanto siempre se han mantenido más cerca el uno del otro, han salido de su forma original y se han ido hacia el otro, todo esto fortalece en mi mente la gozosa confianza de que originalmente no habían sido fenómenos separados, desconectados, caprichosos ni esporádicos, sino que habían surgido de una raíz común, de un fundamental "_sí_" del conocimiento, cuyo imperio llegó a la profundidad del alma, y que siempre creció más definido en su voz, y más definido en sus demandas. Ese es el único estado de cosas que es apropiado en el caso de un filósofo.
No tenemos derecho a estar "_desconectados_"; no debemos errar "desconectadamente" ni golpear la verdad "desconectadamente". Más bien, con la necesidad con la que un árbol porta su fruto, nuestras pensamientos, nuestros valores, nuestros síes y noes y sies y cuales, crecen conectados e interrelacionados, testigos mutuos de _una_ voluntad, _una_ salud, _un_ reino, _un_ sol—si estos frutos nuestros son a _su_ gusto?—Pero ¿qué importa a los árboles? ¿Qué importa a nosotros, a nosotros los filósofos?
3.
Debido a una escrupulosidad peculiar para mí, que confieso renuentemente, que concierne de hecho a la _moral_,—una escrupulosidad que se manifiesta en mi vida en un período tan temprano, con tanta espontaneidad, con tanta persistencia crónica y tanta oposición a el entorno, la época, el precedente y la ascendencia que debería haber tenido derecho a llamarla mi "_a priori_"—mi curiosidad y mi sospecha se sintieron a tiempo obligadas a detenerse ante la pregunta de cuál fue el _origen_ de nuestro "Bien" y de nuestro "Mal" en la realidad. De hecho, a la edad juvenil de trece años el problema del origen del Mal ya me atormentaba: a una edad "cuando los juegos y Dios dividen el corazón", dediqué a ese problema mi primer intento infantil del juego literario, mi primer ensayo filosófico—y en cuanto a mi solución infantil del problema, bueno, di el honor con toda justicia a Dios, y lo hice el _padre_ de todo.
4.