España se ha instalado en un circuito de endurecimiento sin freno del mensaje del PP y Vox, oscurecimiento de la visión social de la inmigración, odio desatado en las redes y riesgo creciente de estallidos en la calle. “Esto es una olla exprés”, dice una activista que trabaja en primera línea
Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.
Hoy Feijóo, que ya en 2025 se refería al Aquarius como “un barco lleno de inmigración ilegal”, preside el PP, que ha hecho suyos tanto el rechazo a los “menas”, aceptando un acrónimo tan despectivo como ya conocido para referirse a los “menores extranjeros no acompañados”, como el principio de “prioridad nacional” en las ayudas sociales. Lo ha hecho junto a Vox, tercer partido de España y subiendo a base de martillear contra la inmigración, asunto que ha quintuplicado el porcentaje de quienes lo suben al podio de los problemas nacionales, a tres décimas ahora de ser el segundo más grave.
Y todo mientras se cumple un año de los disturbios racistas de Torre Pacheco (Murcia), que llevaron a muchos a preguntarse si España está tan lejos como suele decirse del nivel de tensión social en torno a la inmigración de Reino Unido o Francia.
¿Qué ha pasado en estos ocho años? Se ha desatado, con el impulso fundamental pero no único de Vox, una espiral xenófoba que empapa la política, se transmite a la opinión pública, hierve en las redes sociales y alcanza las calles. “Está todo conectado. Los discursos políticos: el contenido en las redes y la reactividad social”, afirma la experta en inmigración Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política en la Complutense.
Trabajador social en Cádiz, nacido en Larache (Marruecos), de 27 años, llegado a España con ocho años en los bajos de un camión, Mohamed El Harrak sufre en carne propia el círculo vicioso. “Se está creando un ambiente insoportable. El discurso de odio ya llega al vecino, al panadero... He visto cómo incluso entre chicos y chicas que estudian integración social cala la idea falsa del inmigrante con privilegios”, lamenta.
Arrastre y legitimación
La espiral tiene una vertiente política que se materializa en pactos entre el PP y Vox, acuerdos por los que “una derecha tradicional en crisis de identidad compra los marcos de una ultraderecha desacomplejada”, en síntesis del historiador italiano Steven Forti, autor de Extrema derecha 2.0 (Siglo XXI, 2021), que recalca que se trata de un fenómeno de escala europea.
Desde su irrupción en Andalucía en diciembre de 2018, Vox arrastra al PP a cesiones cada vez más elevadas hasta su última cima en los pactos de este año en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, el más duro. Si todos comparten la “prioridad nacional”, la fijación contra los “menas” —incluida la verificación de su edad, puesta bajo sospecha—, la supresión de ayudas a ONG pro-inmigración, la prohibición del burka y el niqab en espacios públicos y la eliminación del programa de Lengua Árabe y Cultura Marroquí, el firmado en Andalucía añade una “auditoría” del “coste sanitario derivado de la atención a extranjeros”.
La creciente coincidencia entre el PP y Vox alcanza a sus gobiernos locales, con medidas como el veto al rezo musulmán en espacios públicos en Jumilla (Murcia). Y también afecta a un dominio menos vinculante, pero decisivo en política: el lenguaje. Si en 2024 Feijóo ya llamaba a votar al PP en Cataluña para evitar que “la inmigración ilegal ocupe nuestros domicilios”, su lugarteniente Miguel Tellado reclamaba el despliegue del Ejército en la costa africana. No son comentarios aislados. Son parte de la identificación de la inmigración como problema de seguridad que se ha instalado en el PP, que se acerca también a Vox mediante la retórica “feminacionalista”, que asigna a los musulmanes el papel de amenaza para mujeres y homosexuales.
Normalización y crecimiento
Aceptando tantas premisas de Vox, ¿ha logrado el PP aplacarlo? No. Si en las generales de 2023 logró un 12,4%, su actual media demoscópica ronda el 17%. Además, es el único partido que ha subido en las últimas cuatro autonómicas. Y hay razones para pensar que no avanza a pesar de que el PP le compre la mercancía, sino a causa de ello. Así lo indica ¿Funciona la adaptación?, una investigación sobre estrategias partidistas y trasvases de voto en doce países europeos publicada en 2022 por Cambridge que concluyó que, cuando los partidos centristas imitan a los ultras, estos tienden a salir beneficiados.
“Cuando la ultraderecha presiona con ideas radicales y el centro-derecha las acepta, dichas ideas se normalizan más rápidamente. El motivo es que las fuerzas moderadas tienen mayor capacidad de legitimar posiciones. Si asumen posturas extremistas, no solo quienes ya las defendían se reafirman, sino que una parte de quienes las veían inaceptables dejen de verlas así. Así que es la ultraderecha la principal beneficiaria. Es lo que ha pasado en múltiples países europeos y está pasando en España”, resume el politólogo portugués Vicente Valentim, profesor del Instituto de Empresa, autor de La normalización de la extrema derecha (Oxford, 2024).
La citada “normalización” de las ideas de Vox se refleja ya en una mejor posición que el PP cuando la disputa derechista se produce en el terreno de la inmigración. Una encuesta de mayo de 40dB. detecta que solo un 1,4% de los votantes de Vox prefieren la posición del PP sobre inmigración; en cambio, cerca de un 22% de quienes apoyaron a Feijóo se identifican más con la postura de Santiago Abascal.
¿Resultado? Vox no tiene incentivos para frenar. Y sí para redoblar la apuesta. Es la siguiente onda de la espiral.
La puja infinita
Por mucho que el PP ceda, Abascal encuentra cómo seguir presentándose como la fuerza anti-inmigración más firme ante una opinión pública acostumbrada a una retórica progresivamente endurecida. Si el PP ya vincula inmigración e inseguridad, Vox directamente presenta a los extranjeros como asesinos y violadores, difundiendo vídeos que los asocian a machetes y pistolas, traspasando con facilidad la frontera de la cruedad, el insulto —“moros”— y las amenazas. Si el PP ha incorporado la expresión “efecto llamada”, Vox habla de “invasión”. Si el PP se opone a la regularización masiva del Gobierno, Vox lo hace invocando la teoría del gran reemplazo. Si PP se queda a medias en su denuncia de juego sucio electoral con la ley de nietos, Vox la eleva a “golpe de Estado”. Si el PP ha aceptado la “prioridad nacional”, Vox ya habla de “remigración”.
La escalada no se detiene en Vox, presionado por fuerzas más duras aún. Mientras Sílvia Orriols (Aliança Catalana) ridiculiza a Vox por no ser tan duro con los latinoamericanos como con los africanos, Alvise Pérez (Se Acabó la Fiesta) sostiene que la “prioridad nacional” es un “engaño” que “no cambia nada”. A su vez, una constelación de fuerzas de ultraderecha clásica como Democracia Nacional y nuevos grupos de agitación juvenil como Núcleo Nacional —ya constituido como partido—, Revuelta y Frontera se han instalado en una xenofobia con apelaciones a un nosotros “blanco”. Bajo esa presión, Vox ha hecho un acercamiento al movimiento supremacista blanco europeo.
Se repite el patrón ya visto en Francia, Italia, Hungría o países nórdicos. Con el debate sobre inmigración e identidad ya escorado a la derecha, nuevos emprendedores se presentan como más duros aún (a veces con éxito, otras no). En España, estos grupos se benefician de que durante décadas la inmigración haya sido políticamente “tabú”, dejando un “páramo de ideas” que ahora aprovecha la ultraderecha, explica Ruth Ferrero, experta en inmigración, que señala como vías para cortar el círculo vicioso una oposición argumental firme de progresistas y conservadores a las tesis xenófobas y un “mayor gasto social” que reduzca la “percepción” de “competición” con los inmigrantes por las ayudas del Estado.
Visiones duras
La espiral despliega sus efectos en la opinión pública. Aunque no está en máximos —llegó a superar el 30% en 2024—, el porcentaje de quienes citan la inmigración como uno de los tres principales problemas tiende al alza, como se observa comparando los datos del CIS de cada junio desde 2018.
Pero no es solo inquietud. En 2024, en pleno escándalo político por el reparto de menores extranjeros llegados a Canarias, casi un 75% de los españoles asociaban la inmigración a conceptos negativos, según 40dB. Al cierre de 2025, el año en que España registró la mayor caída en la llegada de inmigrantes desde 2019, Ipsos mostró que este era el país de los treinta estudiados donde más (79%) pensaban que el flujo subiría en 2026. En la primera mitad del año, las llegadas han bajado un 32%. Pero el discurso del “efecto llamada” y la “invasión” cala. Eso sí, no por igual en toda la sociedad. Las opiniones están marcadas por la adhesión partidista, como muestran dos encuestas de mayo del CIS y 40dB. Hay polarización. Cuanto más a la derecha el votante, más duras las posiciones.
Con datos de opinión así en el electorado conservador, desactivar la puja anti-inmigración se antoja complicado.
Brutalidad digital
Con algoritmos que premian el contenido extremista, las redes sociales sobresalen en brutalidad incluso con la retórica política ya desatada. Lo que hasta para Vox sería excesivo en formatos convencionales, en las redes cuela. Un ejemplo. En un paseo por la calle, la portavoz de Agenda España de Vox, Isabel Pérez, trabó conversación con unos adolescentes. “Los moros”, le dijo un chaval, son los que “roban”. Ella les dijo: “A votar a Vox cuando tengáis 18”. El partido compartió el vídeo con la secuencia en Instagram junto al mensaje: “La chavalería lo tiene claro”.
En un entorno en el que circula con escaso control contenido de esta virulencia validado por todo un partido de gobierno, el odio es moneda corriente. Desde el 1 de enero de 2025, el Observatorio del Racismo y la Xenofobia del Gobierno (Oberaxe) ha detectado más de un millón de mensajes de odio. “Evangelizo al moro de un tortazo”, “todos los latinos con machetes” o “estamos pagando a violadores” son solo tres ejemplos recogidos en los dos últimos boletines mensuales.
En otro indicio de conexión entre beligerancia política y descarga de odio, los principales destinatarios de los mensajes que anota Oberaxe coinciden con la principal diana del discurso anti-inmigración: los originarios de países de mayoría musulmana.
Es un aluvión constante, que no cae en saco roto. Desde el plano académico, describe dos efectos Vicente Valentim, coautor junto a Daniel Ziblatt —uno de los autores del popular ensayo Cómo mueren las democracias— del artículo Así erosionan las normas los políticos dominantes (Cambridge, 2025): “Primero, las redes facilitan la difusión de mensajes extremistas. Como resultado, muchos que podían pensar que ciertas ideas son inaceptables ven desde su móvil que hay muchos que piensan así. Es un efecto parecido al de las fuerzas centrales cuando legitiman tesis radicales. Si al aceptar el PP la ‘prioridad nacional’ ya gana legitimidad, que multitud de cuentas amplifiquen este mensaje le da aún más”.
De sus efectos habla también Mohamed El Harrak, portavoz de la asociación ExMenas, que da la vuelta al apelativo despectivo para concienciar sobre la experiencia de quienes llegan sin nada. “Abrir Instagram llega a afectar a la autoestima”, cuenta desde Cádiz. “Muchos acaban creyéndose el discurso que los tacha de maleantes, avergonzándose de sus orígenes, de sus costumbres...”.
El odio llega a la calle
En este contexto de debate político caldeado y ausencia de líneas rojas en las redes, los “delitos e incidentes de odio” con motivo xenófobo alcanzaron en 2025 su máximo de una serie que empieza en 2013. Y la inmensa mayoría de los detectados por los cuerpos policiales, un 92%, ocurren en el mundo físico.
El director del Oberaxe, Tomás Fernández, comandante de la Guardia Civil, no tiene dudas: no puede aislarse el odio digital de lo que ocurre en la calle, incluidos los disturbios racistas. “Al cruzar las bases de datos de los discursos online con los registros policiales, se ve que un aumento significativo del odio en las redes en la semana X correlaciona con un repunte de incidentes en la semana X más uno”, explica el coautor de artículo Del discurso de odio online a los delitos de odio offline (Nature, 2024). El informe del Oberaxe sobre los disturbios en Torre Pacheco también acredita una producción de mensajes de odio inusualmente alta antes y durante el estallido.
Más allá del impacto de las redes, Valentim enfatiza el que provoca la “normalización de la extrema derecha”, sintagma que da nombre a su libro, en el que certifica, tras analizar treinta países, una relación entre el apoyo electoral a ultraderecha y el número de manifestaciones de esta ideología. “La normalización no se queda en conversaciones, tiene efectos en comportamientos reales, en protestas o incluso en violencia”, afirma.
En Almería, a pie de calle trabajando con la inmigración, la activista Nadia Azougagh, marroquí nacionalizada de 41 años, está preocupada. Hace poco vio cómo reprendían a unos chavales negros que jugaban al fútbol en una pista pública. “Se oía eso de ‘es que están ocupando nuestro espacio’. Antes, lo típico hubiera sido un cierto paternalismo, en plan ‘mira los muchachillos negros jugando’. El ambiente está cambiando”, cuenta. Y se lamenta de que ella misma, cada vez que hay una noticia de un crimen, ha empezado a reaccionar fijándose en la nacionalidad del sospechoso. ¿Por qué? Porque si es un inmigrante se pone en alerta. Puede ser “la mecha para que esto arda”, dice. En su memoria está el 2025 de Torre Pacheco, pero también el 2000 de El Ejido. “Esto es una olla exprés”, afirma.
Facts Only
* In June 2018, the Spanish president offered land for refugees, referring to the situation as "humanitarian."
* Immigration was cited as the twelfth problem in Spain in 2018, representing 3.5% of the country.
* The PP and Vox have accepted and adopted concepts like "national priority" regarding social aid for immigrants.
* This alignment includes measures such as the verification of age for those sought as "menores extranjeros no acompañados."
* The trajectory involves pacts where the right seeks frameworks from ultraright parties, such as agreements over "national priority," scrutiny of costs related to foreign aid, and restrictions on religious dress.
* The relationship between political discourse, social media content, and social reactivity is noted as interconnected.
* A sociologist notes that when center-right parties adopt extremist positions, those positions are normalized more quickly by a segment of the public.
* Surveys indicate differences in opinion: only 1.4% of Vox voters prefer the PP's stance on immigration, compared to approximately 22% of Feijóo supporters identifying more with Abascal’s position.
* Incidents of hate crimes related to xenophobia reached a peak in 2025.
* Over one million hate messages were detected by the Government's Observatory on Racism and Xenophobia since January 1, 2025.
